Autor: UNOi

Fecha: 8 de diciembre de 2015

El riesgo de la competencia intrafamiliar

El concepto de competir implica necesariamente una rivalidad u oposición entre dos personas por un mismo objetivo. Por eso, la relación entre dos personas que […]

El concepto de competir implica necesariamente una rivalidad u oposición entre dos personas por un mismo objetivo. Por eso, la relación entre dos personas que compiten es de rivalidad y desconfianza, ambas características que no deben darse dentro de la familia, ya que es ahí donde debe gestarse un ambiente de seguridad, confianza y colaboración.

Por eso, cuando comparamos a nuestros hijos con sus hermanos o con sus pares, cuando les hacemos competir unos con otros para ver quién logra primero un objetivo cotidiano o, simplemente, cuando estamos constantemente diciéndoles que son el “mejor” en algo, estamos estableciendo patrones de comportamiento que harán que el niño esté en una constante competencia. Al forjar este tipo de relaciones se ve al otro como un rival, por lo tanto, no cuenta con él como un aliado. Además, se genera un ambiente de desconfianza y el niño se hace inseguro, ya que no siempre podrá ganar y no siempre será destacado. El ser permanentemente comparado con otro, lo hace dudar de sus propias capacidades, especialmente cuando el otro es un hermano que por su edad o características personales tiene mayores posibilidades de tener éxito.

Pero el riesgo más grande de la cultura de la competencia, es que el niño crece y se desarrolla en función de otros. Es decir, sus esfuerzos no van en pos de superarse a sí mismo, dar lo mejor de sí, mejorar su propio desempeño y potenciar al máximo sus capacidades, centrándose en el propio proceso; sino en comparación a la brecha que se genera respecto al otro, aún cuando eso no tenga nada que ver con las propias habilidades y gustos. Y eso es negativo para el desarrollo de los niños, ya que daña su autoestima, pues no le permite verse ni aceptarse en su realidad y procesos personales.

Como padres debemos preocuparnos conscientemente de no fomentar la cultura de la competencia dentro de la casa, de manera que los niños puedan desenvolverse en un ambiente de confianza y seguridad, y que con el tiempo, sean un aporte para esta sociedad que requiere de personas más colaboradoras y menos competitivas. Así mismo, se evita que surjan los celos entre hermanos que no tiene nada de positivo para las relaciones fraternales.

Instaurar la cultura de la colaboración

Para instaurar una cultura de colaboración por sobre una de la competencia, es necesario forjar relaciones de cooperación. Para eso se debe fomentar el trabajo en equipo, la valoración por el proceso personal de cada uno y el reconocimiento de las propias habilidades y talentos.

Algunas sugerencias para fomentar la colaboración y evitar la competencia en la relaciones de hermanos (y pares).

  • Buscar estrategias diferentes a la competencia para incentivar conductas esperadas de los niños. De esta manera se evita contraponer el esfuerzo de uno sobre el otro. Por ejemplo, evitar frases como: quién llega primero, quién es el más rápido para comer, quién se porta mejor.
  • Promover el esfuerzo colectivo, incentivando conductas donde el trabajo en equipo y la colaboración sean lo que permita alcanzar la meta propuesta. Esto además enseña el compromiso en las tareas. Por ejemplo, pedir a los hermanos que ordenen juntos, mostrándoles que si todos ayudan será más rápido y quedará mejor. Cuando lo hagan, destacar el valor del trabajo en equipo.
  • Promover que algunas de las responsabilidades del hogar se realicen en conjunto en vez de individualmente, por ejemplo: poner la mesa, sacar la basura, hacer la cama. Esto supone fomentar la sinergia de esfuerzos, mostrando a los niños que el trabajo de cada uno favorece a todos.
  • Evitar estigmatizaciones. Es común que tanto los padres como la familia cercana le coloque “etiquetas” a los niños: uno es el “deportista”, el otro es más flojo. Estas estigmatizaciones no aportan en nada al desarrollo del niño, por el contrario, al etiquetarle hacen cargar con expectativas que no le permiten “fallar” y al otro hermano, sentirse en una sensación constante de disminución.
  • No hacer comparaciones entre hermanos o pares. No usar a un tercero como parámetro de lo que se espera que logre el niño, sino que dar mérito al proceso y a los propios logros. Por ejemplo, no decirle “Pedro se porta mucho mejor”, sino “Tú puedes ser más obediente”.
  • Felicitar sobre el progreso y logros sin caer en una exageración. Cuando a un niño se le felicita todo el tiempo por cada cosa que hace, al no recibir un elogio, se frustra y siempre está esperando hacer las cosas excelentes o hacerlas para recibir la recompensa (felicitación). Por eso el refuerzo positivo debe ser en su justa medida. Por ejemplo, felicitarlo porque aprendió a comer solo, pero no decirle “que excelente comes, eres demasiado seco” cada vez que come su comida.
  • Tener especial atención con las metas que se proponen de acuerdo a la edad de cada niño. Para un menor que ve que a su hermano mayor se le entrega especial atención por ciertas conductas que realiza o destrezas que tiene y para él no son posibles por la edad, siempre sentirá que no logra “dar el ancho”. Por más que haga todos sus esfuerzos, nunca podrá, por ejemplo, escribir igual de bien que su hermano mayor por un tema de desarrollo motor y eso puede hacerlo sentir inferior e inseguro. Hay que explicarle que no se espera de él lo mismo que de su hermano grande.

Establecer dentro del hogar una cultura de la colaboración, superando las relaciones de competencia, es tarea de cada padre, cambiando ciertos hábitos que tenemos arraigados en nuestro comportamiento y cambiándolos por conductas que favorezcan el trabajo en equipo y la cooperación.

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