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 Lo de morir, en algunos casos, puede ser relativo. Steve Jobs no ha muerto. No puede morir. No lo podemos dejar morir, quiero decir. Porque si Steve Jobs muriera, con él se morirían demasiadas cosas demasiado importantes como para que las dejemos morir. Siento que si Steve Jobs muriera, más bien deberíamos decir y decirnos […]

Autor: UNOi

Fecha: 7 de octubre de 2011

 Lo de morir, en algunos casos, puede ser relativo.

Steve Jobs no ha muerto. No puede morir. No lo podemos dejar morir, quiero decir.

Porque si Steve Jobs muriera, con él se morirían demasiadas cosas demasiado importantes como para que las dejemos morir. Siento que si Steve Jobs muriera, más bien deberíamos decir y decirnos que se nos murió, que nos lo dejamos morir. Y no. No nos lo podemos permitir.

Steve Jobs, por la vía regia de Apple, se dedicó a obligarnos a ser mejores. A ser más ambiciosos y más sofisticados; es decir, mejores. Y digo que nos obligó porque en su seducción se alcanza a sentir su violencia; violencia de la buena –que la hay. Tan seductor es que incomoda no verse seducido por él. Permanecer impasible ante Apple a veces da vergüenza. Por eso digo que obliga…

Pero por momentos también siento que su muerte nos calma, porque semejante ritmo ya nos estaba dando vértigo. Una vez tras otra vez, con uno tras otro objeto, Steve no nos dejaba respirar. Ahogados de subyugación, boqueábamos para seguirle el ritmo. Y nos llevaba a rastras,  exhaustos y extasiados.

Como pasa con los genios, uno siente que él sabe de uno mucho más que uno mismo. Uno siente que nos intuye. O nos configura, mejor dicho. Nos domina, pues. Es que al cabo, somos lo que él quería que fuéramos. Nos diseñó, en materia de relación entre tecnología y vida. Y nos diseñó muchísimo mejor de lo que hubiéramos sido si por nosotros hubiese sido. Nos hizo lo que no éramos ni hubiésemos sido capaces de ser. Nos mejoró ostensiblemente. Nos inventó.

Parece que murió un hombre genial. Dicen que era difícil. Cómo no, me lo puedo imaginar.  Es que es difícil ser genial; y es difícil ser difícil, también. Pero sé que es ley ser difícil cuando se es genial.

Nunca lo escuché hablar a profundidad de educación, pero deduzco qué podía pensar. Que no se trata de descifrar, sino de inventar –nos hubiera dicho. Steve Jobs hizo culto de la invención; ética de la invención, mejor dicho. Hay que inventar. No renovar, que es más fácil; inventar. El apellido Jobs recoge el carisma del verbo inventar; condensa su mística. ¡Qué respeto me merece!

E hizo todo lo que hizo en el ámbito más hostil para la invención y la inspiración, que es la empresa. El mundo de los negocios y los mercados no aloja bien a otras éticas que las del negocio mismo; repele esos “manierismos”. El mundo empresarial sofoca las curvas del arte; se desinteresa de las elipsis de la retórica; repele enfáticamente los delirios de las invenciones. Y ahí mismo Jobs se hizo el lugar y construyó su épica. Y ganó…. Por knock out. Dio vuelta la lógica y confirmó que se puede ser muy exitoso empresarialmente no buscando el éxito empresarial. Que el éxito empresarial del bueno no es el que proviene del saber “hacer negocios”, sino del saber hacer y querer hacer cosas; porque eso, bien hecho, siempre es negocio. Negocio porque da dinero (si Apple lo sabrá), pero también negocio porque hace felices a quienes lo hacen, hace felices a quienes lo reciben, hace felices a quienes lo admiran y hasta, incluso, puede hacer felices hasta a quienes lo adversan. También Jobs sabe de esto.

Nos enseñó viviendo y nos vuelve a enseñar muriendo. Y nos seguirá enseñando desde la inmortalidad, por siempre. Le rendiremos tributo trabajando.

Por eso y por mucho más, nuestro humilde, admirado y remoto homenaje.